martes, 16 de marzo de 2010

¿QUIÉN ESTÁ VIVIENDO TU VIDA?

"El texto a continuación es de John Amodeo. A mi parecer describe muy claramente lo que quiero comunicar en este blog. Disfrutenlo."   

   Para muchas personas, reconocer que no todo en su vida va bien, que no son tan felices y llenos de sentido como podrían llegar a ser. Puede ser el comienzo de su camino a vivir una vida más feliz plena y con mayor sabiduría.

   Muchas veces resulta difícil darse cuenta de esto, sobre todo si lo que nos rodean está conspirando en silencio para convencernos de que "todo es estupendo". Sin embargo, esta sencilla constatación puede convertirse en una importante entrada hacia una dimensión sorprendentemente llena de sentido, vitalidad y felicidad. El simple reconocimiento de que, por lo menos en cierto sentido, estamos insatisfechos, o de que podríamos ser más felices en nuestra vida y en nuestras relaciones, puede ser el camino hacia esa realización y esa paz mental a las que tenemos derecho por haber nacido.

   Nuestra sociedad hipertensa y despersonalizada nos da muy poco apoyo para que nos tomemos un tiempo para comprendemos en el grado que sería necesario para poder vivir una vida auténticamente feliz. La educación formal que recibimos se olvida de enseñarnos habilidades para desarrollar un amor y una intimidad duraderas. Además, muy pocos de nosotros han crecido en un hogar que impulsara la capacidad de conocer nuestros propios sentimientos, comunicarlos de forma satisfactoria y escuchar atentamente la experiencia de otros.

   Arrastrando con pesadumbre esta falta de destrezas, necesarias para iniciar y mantener relaciones satisfactorias, las personas van creciendo con ciertas carencias. Por desgracia, son ellos entonces, los deficientemente educados, los que se convierten en padres, profesores y líderes de las siguientes generaciones. Y así se perpetúa el círculo.

   Como verán, la clave esencial para tener relaciones satisfactorias es ser consciente de lo que quieres y aceptar que tengan que ocurrir ciertos cambios dentro de ti mismo, para poder describir con realismo tus deseos y preferencias. Cumplir esto requiere la habilidad de entenderte a ti mismo, dando importancia a los sentimientos y necesidades que se encuentran en lo más profundo de tu esencia como ser humano. Si aprendes a contactar y respetar estos sentimientos genuinos, sin pararte a criticarlos, castigarlos o lanularlos, podrás comenzar a caminar de forma natural, hacia dimensiones del amor e intimidad mucho más enriquecedoras. De todas formas, antes de comenzar, puede serte útil darte cuenta de hasta qué punto has estado perdiendo contacto contigo mismo y con tus sentimientos y necesidades más genuinas.

El proceso de perder el contacto con nosotros mismos

   Desde nuestro nacimiento, dependemos en gran medida de los demás. La criatura humana depende de sus padres para sobrevivir durante un período de tiempo más largo que otras especies. Y también va quedando cada vez más patente que los niños dependen en gran medida de sus padres para desarrollarse emocionalmente. La falta de contacto emocional positivo provoca frustración, ansiedad y retraimiento, así como una mayor dificultad para progresar sin problemas hacia los siguientes estadios del crecimiento.

   Como el niño es incapaz de comunicar sus numerosas necesidades físicas y emocionales, muchas de ellas caen en un saco roto. Todos los padres han experimentado la frustración de no saber qué es lo que quiere su bebé cuando está llorando. Además, los padres, por muy perfectos que sean, seguramente no pueden satisfacer todas las múltiples demandas a las que se ven sometidos. Como resultado de esto, el niño experimenta el terror periódico de encontrarse completamente solo, aislado, vulnerable y la rabia periódica hacia el mundo por no satisfacer todas sus necesidades.

A medida que el niño pequeño se va haciendo mayor, la necesidad de amor y pertenencia continúa siendo primordial. Como el niño depende completamente de sus padres para satisfacer sus necesidades, los deseos y opiniones de éstos se convierten en lo más importante. Esta confianza básica en la buena voluntad de los padres muestra hasta dónde llega el poder que padres y otras figuras relevantes ostentan sobre el niño. La posibilidad de no gustar o no ser querido es una perspectiva terrorífica para un niño indefenso. La desaprobación es vivida como un rechazo doloroso. Y un rechazo continuo puede llegar a experimentarse como una negación hacia el propio derecho básico de existir, a no ser que el niño se "adapte" o se "porte bien".

Como es incapaz de quedarse solo, como individuo independiente, la sensación de bienestar del niño depende de la valoración y el apoyo de los demás. La falta de aprobación o el castigo puede propinar un golpe terrible a su autoestima y a su desarrollo mental. La afectividad retenida le creará una ansiedad enorme, porque el niño luchará desesperadamente por poder sentir amor y aprobación. Una constante desaprobación puede llevar al niño a una depresión profunda, porque abandonará la esperanza. Estos ciclos de ansiedad y desesperación pueden constituir la base de un patrón de conducta de frustración que, si no se resuelve, puede persistir a lo largo de toda la vida adulta.

    Las actitudes, sentimientos y acciones van formándose poco a poco a través de los deseos y las demandas de los adultos más significativos, especialmente los padres. Como el niño no posee la capacidad de tolerar el rechazo continuo, tiene que aprender a adoptar actitudes y conductas que están aceptadas y a eliminar aquellas que conlleven una posible condena. Por ejemplo, muchas personas de nuestra sociedad, especialmente mujeres, han aprendido que enfadarse no está permitido, expresar ira les ha llevado a ser castigadas o excluidas. De la misma forma, a muchos hombres se les ha enseñado que sentirse tristes o dolidos es un signo de debilidad y por tanto, es incorrecto. Mensajes de este estilo, repetidos frecuentemente, inducen al vulnerable niño a buscar maneras de evitar esos sentimientos prohibidos; aprender a “endurecerse” en un mundo que está definido por los adultos. Al poco tiempo, con una habilidad admirable para adaptarse a las hostiles demandas del entorno, el joven aprende no solamente a no sentir, sino incluso a no expresar emociones e impulsos que puedan desagradar a las personas más significativas para él.

   Para que esta estructura adaptativa quede asegurada, adoptamos una serie de ideas que refuerzan y sirven de justificación para reprimir nuestros sentimientos. Por ejemplo, si se nos ha enseñado persistentemente que "sólo los bebés lloran", o que sólo los niños malos se enfadan, cuando comencemos a experimentar estos sentimientos, los reprimiremos a través del poder recientemente adquirido que nos confieren los pensamientos y las creencias autocríticas. Estas cogniciones crean una voz interna que nos dice cómo comportarnos y cuándo hemos de "controlarnos". El desarrollo de este "diálogo interno" controlador o de este "crítico interno", unido a una coraza muscular o contracciones en todos los tejidos de nuestros cuerpos, es el precio que pagamos por satisfacer nuestra necesidad imperiosa de aceptación y aprobación. Si se nos ha enseñado a negar el enfado, por ejemplo, entonces, en las situaciones en las que éste sería la respuesta humana más natural (como cuando nos sentimos pisados, oprimidos o ignorados por otros), podemos caer en una tristeza introvertida o una depresión. De pequeños, esto puede ir acompañado de pensamientos como "soy un chico malo si me enfado" o "si se enteran, me pegarán". De adultos, estos pensamientos se harán más sofisticados y complejos. Por ejemplo, podemos decirnos: "Estoy siendo demasiado sensible. No debería reaccionar de forma tan fuerte" o "no vale la pena trastornarse por esto" o "es imposible tratar a estas personas nunca me comprenderán". Como resultado de estas racionalizaciones, nuestro impulso corporal natural de expresar el enfado se reprime agarrotando la vitalidad, produciendo culpabilidad y reforzando la autoimagen de que tiene que haber algo malo en nosotros. Con el tiempo, esto puede provocar una depresión crónica, en la que nuestros sentimientos se encuentran literalmente "metidos a presión" dentro de nosotros y nos sentimos desesperanzados, paralizados, aletargados o insegu-ros de nosotros mismos.

   Otro patrón típico que surge como resultado de negar nuestros sentimientos verdaderos, consiste en enmascarar un miedo o una tristeza encubierta con enojo o con un estoico control emocional. Los hombres "verdaderos", por ejemplo, se enfadan, pero, al igual que John Wayne o Clint Eastwood, jamás sienten miedo, aunque las balas pasen silbando al lado de sus oídos. Cuando se dan circunstancias que normalmente elicitarían temor o dolor, surge una reacción inmediata de cólera que levanta una cortina de humo protectora contra emociones más comprometidas. Por ejemplo, al contemplar nuestras vidas, en vez de reconocer ansiedad, arrepentimiento o insatisfacción, acusaremos a nuestra esposa de no haber satisfecho todas nuestras necesidades, como si fuera responsabilidad suya. O nos aislaremos de los demás fingiendo estar excesivamente preocu¬pados por nuestro bienestar.

   Este tipo de persona aprende a evitar los sentimientos más blandos convirtiéndose en un "tipo duro" o lo que expresamos irónicamente como "todo un señor responsable". Se presentan como ejecutivos con carrera ascendente, que piensan que la vida es una lucha solitaria por la supervivencia. Pedir ayuda se ve como una debilidad; necesitar apoyo es embarazoso y amenazante. Un ejemplo de la encamación más sutil de este deseo de controlar sentimientos son los animosos "expertos" que dan cursos de fin de semana, pensando que uno puede crear su propia realidad con el poder que le da el tener las ideas claras.

   Como temen la dependencia, estas personas mantienen la separación a través de una postura que los psicólogos denominan "contradependencia". Dicho en otras palabras, hay tanto miedo a necesitar a alguien o a ser dependiente, que la persona reacciona creando unas creencias y unos comportamientos que le proporcionan una distancia "segura" de los demás.

    La necesidad de aceptación y apoyo se admite sin problemas en la infancia; sin embargo, no solemos reconocer con tanta claridad que nuestra vulnerabilidad emocional no ha terminado al llegar a la edad adulta. Todavía deseamos ser queridos. Todavía nos afectan mucho las opiniones que tengan los demás de nosotros. Todavía queremos ser amados, aceptados y formar parte del grupo.

    El mercado publicitario es muy consciente de esta vulnerabilidad adulta. Aprovechándose y explotando nuestro deseo frustrado de amor y aprobación, las empresas elaboran audazmente anuncios y persuasivas campañas televisivas que atacan a nuestros miedos e insatisfacciones. Aconsejados por psicólogos organizacionales, las empresas llenan los medios de comunicación. con mensajes que nos cuentan qué es lo que necesitamos para ser aceptados, bien vistos o exitosos: con sólo adquirir el último tipo de pasta de dientes, cigarrillos, pantalones o coches, obtendremos por fin el amor, la aprobación o la realización sexual que siempre hemos deseado. Solemos pensar que estamos por encima de estos intentos de manipulación de la publicidad; pero si esto fuera cierto, las empresas no gastarían millones cada año en convencernos de que compremos su producto. Hay un producto para cada insatisfacción concebible. Y si nos entra un dolor de cabeza por intentar decidir qué comprar, también hay un producto que cubre esta necesidad.

    Al hacernos mayores, una especie de inteligencia interna nos va guiando hacia la supervivencia y lejos de la amenaza. Nuestro carácter se va estabilizando poco a poco de forma que nos permite pasar por encima de las emociones y evitar aquellas experiencias que puedan encontrar rechazo. Aprendemos actitudes y conductas que aumentan la probabilidad de ser queridos y respetados por los demás. Los patrones de personalidad quedan firmemente establecidos a una edad temprana y, a partir de ahí, nos vamos olvidando oportunamente de todo aquel proceso que nos ha llevado hasta este triste estado de aislamiento de nuestros verdaderos sentimientos y necesidades. "Yo soy así", nos decimos muchas veces. Y realmente, así es cómo nos hemos vuelto, obligados por las fuerzas de nuestro entorno, que están muy lejos de nuestro control. Al haber sucumbido a ellas, ya no vivimos nuestras propias vidas. Hemos perdido la comunicación con lo más profundo de nuestras emociones verdaderas, y hemos perdido el contacto con aquellas cosas de la vida que son realmente importantes para nosotros. No es de extrañar que estemos confusos y frustrados, inseguros de lo que queremos realmente y desconcertados respecto a la forma de encontrar la paz mental que deseamos. Nuestra sensibilidad emocional y, tal vez, la supervivencia física nos han hecho abandonarnos.

    El cambio positivo comienza con la constatación realista de que, en vez de vivir plenamente nuestra vida, estamos llevando el tipo de vida que otros nos han obligado a adoptar. Podemos re-conectar con esa fuente latente de sentido y satisfacción, si somos conscientes de que nos hemos introducido de forma lenta e inconsciente en un acuerdo tácito con la sociedad. Al darnos cuenta de que nos hemos puesto todos de acuerdo para permanecer bajo el dominio de unas reglas rígidas, unos roles sociales opresores y una forma comúnmente aceptada de sentir y comportarnos, podremos empezar a encontrar una salida a esta situación tan triste. A partir de aquí, en vez de continuar perpetuando un estilo de vida que no permite el contacto con nuestros verdaderos sentimientos, necesidades e intereses, podremos comenzar a sentirnos más libres y vivos a través del primer paso de palpar y valorar cómo nos sentimos realmente.

    Muchas personas acceden finalmente a enfrentarse a esta falta de contacto con ellos mismos, tras haber fracasado al intentar afrontar un evento traumático o una serie de desilusiones seguidas. Un cambio estresante de trabajo, una enfermedad repentina, la pérdida de un ser querido, una separación o una amenaza de divorcio pueden revelar la pobreza de nuestras defensas en las que tanto confiábamos. Esperanzas rotas, frustraciones repetidas o miedos recurrentes pueden provocar un desmoronamiento de las viejas creencias en las que se basaba nuestra percepción estable de la realidad. El resultado es un período en el que nos encontramos entre dos maneras de ver la vida temporalmente, habremos perdido pie. Tendremos que aceptar de mala gana que la antigua imagen que teníamos de nosotros mismos y nuestra sensación de realidad, es inadecuada para combatir la crisis que estamos teniendo ahora mismo.

    Este doloroso período puede llegar a ser muy creativo si permitimos que nuestras defensas, que antaño fueron tan necesarias, permanezcan inactivas, y afrontamos valientemente nuestra situación actual. Será entonces, cuando en vez de evitar la crisis o luchar por controlar las cosas a través del poder de nuestra voluntad, podremos aprovechar esta etapa para explorar aquellos sentimientos y significados que pueden haber sido demasiado temibles como para enfrentarnos directamente a ellos, pero que, sin embargo, ahora son necesarios para explorar y crecer.

   La llegada de una crisis difícil no es el único impulso que recibimos en el proceso de crecimiento personal. Podemos optar por ocuparnos de nuestras vidas antes de que insatisfacciones más pequeñas se vayan acumulando hasta formar una situación de emergencia. En cualquier caso, los pasos positivos se van desplegando a medida que aprendemos a “acompañar” a nuestro permanente proceso interno. Si nos abrimos a lo real de nuestras vidas, nos sentiremos más cómodos siendo nosotros mismos.

    Podremos llegar a sentir que cada etapa que atravesamos en nuestro camino hacia el autodescubrimiento, es un avance hacia una menor tensión interior, un conflicto interpersonal más leve y una mayor sensación de libertad y felicidad. Al permitirnos escuchar, comprender y expresar los sentimientos que afloran, desarrollaremos una relación de aceptación hacia todo lo que somos realmente. Nos daremos cuenta de que sentimientos que antaño eran temibles o amenazantes contienen una integridad y sabiduría que nos pueden llevar hacia puntos positivos. El resultado es que comenzaremos a sentirnos cada vez más vivos y auténticos. A medida que nos vayamos liberando más y más de nuestros condicionantes históricos, comenzaremos a vivir nuestras propias vidas y encontraremos puntos en común con otras personas que están creciendo de forma parecida. Las posibilidades de desarrollar una intimidad viva y espontánea se nos abrirá entonces de una forma tan profunda como nunca antes lo hubiéramos imaginado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario